366655 ; DESDE DENTRO……..!!
Recién
acababa de pasar el sol por su momento más álgido del día, los rayos cenitales
caían a plomo; el calor era bochornoso y húmedo, pero era una mañana
reluciente, de espléndido azul celeste; ni tan siquiera asomaba una pizca de
brisa, sólo quietud y ritmo cansino; propio de domingo estival.
Los
adoquines de la calle estaban desgastados, algunos hasta brillaban; me
encantaba rebuscar con la mirada por entre las rendijas, siempre te podías
llevar alguna sorpresa: una canica, un trozo de llave, una peseta… pequeños
descubrimientos y tesoros.
Al
abrir la puerta me estremecí; una bofetada espesa de aire caliente me impregnó
y el olor a “skay”, a ese sucedáneo de piel brillante de plástico, me inundó la
nariz y el paladar; era como ahogarse en una sauna (que aún ni sabía que
existían). El peor momento era entrar
abatiendo el respaldo y colocarse mientras notabas como tus piernas (enfundadas
en un pantalón corto) alcanzaban una temperatura insufrible al contacto con el
asiento; de hecho el tema era un poco masoquista, pues incluso el recorrido
brutal y rápido del calor interno y agobiante, me provocaba una cierta y
extraña sensación de calidez.
Había
que apresurarse a darle vueltas a la manecilla, de forma nerviosa y rápida, los
dedos solían estallar también de calor, para poder finalizar la bajada de la
ventanilla del copiloto y equilibrar, en lo posible, la temperatura del
habitáculo con la de la calle.
Siempre
me ha resultado curioso pensar que las primeras señales de tráfico que conocí
fueron las que estaban grabadas y pintadas sobre un agarradero metálico que
sobresalía del salpicadero de blanco metal.
El
volante era casi de camión, aunque más delgado; apenas había palancas, botones
o interruptores. Un semáforo pequeño, incrustado al lado de una figura
religiosa (más tarde supe que se trataba de un tal san Cristóbal), precedía un
par de marcos cuadrados de fotos con dos caritas aniñadas que resaltaban, por
su parte superior, a la frase: “Papá no corras”.
Aún
recuerdo el gran equipo de música instalado en el interior del vehículo; un
pequeño transistor con una antena telescópica que había que ir moviendo para
evitar los rugidos indecentes que emanaba y que destrozaban la continuidad
normal de cualquier canción que sonara.
El
temblor natural de desplazarse sobre el suelo adoquinado era entretenido; una
suerte de nerviosismo plácido, un movimiento repetitivo al que te acoplabas
cual buen jinete en el trote de su caballo; y así, hasta llegar a la carretera,
donde descubrías el mundo amplio y extenso que se abría más allá de las calles
de tu barrio.
Mientras
recorríamos la autovía de Castelldefels en dirección a Sitges, el sabor a mar y
la brisa cercana, reconfortaban de una forma totalmente genial; alguna avioneta
que surcaba la cercana playa (con su anuncio de tela en la popa de la nave
aleteando al viento) rompía, desde la lejanía, el sonido de las notas
musicales…….”Vuela esta canción…” que emitía el transistor de “mano” que mi
madre mantenía en alto………… “….No hay nada más bello que lo que nunca he tenido,
nada más amado que lo que perdí…” y mientras “Lucía” seguía sonando, nos
encaramábamos en las primeras curvas de las costas del Garraf.
De
ese 1972 a
estos 40 años después todo ha cambiado; perdimos la inocencia en el camino, nos
hicimos mayores, jóvenes, adultos, maduros, quizás viejos.
Si,
Peter Pan murió, aunque nunca he sabido ver si finalmente Fausto consiguió
instalarse en mí; aún así me gusta, de tanto en tanto, saber que nunca nadie
podrá robarme los recuerdos; que ninguna empresa, trama, movimiento,
organización, grupo o lobby será nunca capaz de arrancarme lo vivido (lo bueno
y lo malo); que no podrán extinguir mis principios y me da por pensar que en
realidad, haya dado las vueltas que haya dado; obtenido las experiencias que me
han hecho crecer, evolucionar y a la postre ser lo que soy hoy; la esencia del
camino es la misma, la de siempre: avanzar, no parar, no detenerse, mirar
siempre hacia delante, accionar, moverse, actuar, no conformarse, criticar,
rebelarse, construir, convencer, cohesionar, consensuar… y que, por tanto,
nunca he llegado al final de ese viaje, de esa aventura; que en realidad aun no
me he apeado nunca de ese Seat 600 D, de color blanco, que mi padre conducía y
que mi madre amenizaba con su radio y cuya placa de matrícula siempre me ha
acompañado y nunca he olvidado: B-366655.
Joan R. Barrachina (1 de diciembre de 2012)
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